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DIA UNO. El recuento de las vidas 

Este era el campamento que, una noche fue creado en la mente de un hombre. Esa noche sucedió, cuando el cielo ya no estaba claro, aparecieron las estrellas y con ellas, la inspiración. Así fueron creados, el pato, la rata, el gallo, la yegua de la campana, el caballo, la gallareta, el burro y un animal desconocido hasta ahora. Todos fueron enviados a un campamento que administraba, "el entrenador", un León maduro y y tan duro como un capataz de hacienda, formado en plena revolución de la fauna mexicana. El campamento fue un lugar que estaba destinado a desarrollar las habilidades de los animales arriba mencionados. Tal vez se pueda dudar de la eficacia de los métodos usados en el campamento, solo debo decir que fui testigo de lo que ahí ocurrió.

El León, llegado en barco siendo aun un cachorro, desde un lugar desconocido de la península ibérica,  una animal esquivo, con el carácter que resulta de cruzar sangre de los guerreros celtas, árabes y andaluces, desconfiado, amante de los caballos, de los gallos de pelea, pendenciero y jugador. Fue  entrenado en las milicias, donde aprendió a cazar, y a huir cuando era necesario, si el enemigo lo superaba en fuerza y número. Se decía que tenia el arte de las oraciones fuertes para aparecer y desaparecer si su vida estaba en peligro mortal. y lo estuvo es un sinnúmero de ocasiones. Este León era un animal tan bravo que, con frecuencia estuvo en problemas, fue herido muchas veces cuando intentaban cazarlo. una de esas ocasiones, los cazadores lograron acorralarlo y recibió un disparo justo en la zona del corazón; por alguna razón la bala estuvo a milímetros de atravesarlo. Pudo llegar al hospital, Sin embargo la bala la dejaron en ese lugar, pues, extraerla ponía su vida en peligro, sobrevivió. El León vivió y murió con ese recuerdo muy cerca de su corazón. 

Muchos años antes, el León, crea el campamento, en compañía de su pareja , una pantera, mestiza, de sangre tlaxcalteca, oriental e ibérica, sobrina de un travieso nahual, bautizada en honor del Dios de la guerra Marte, llamada Martina, de carácter tranquilo y firme, con el don de la creatividad. Ambos, inscribieron genéticamente a sus aprendices, a principio, solo dos, una cachorra recién nacida y un cachorro parecido a la pantera pero tan trabajador como un burro. No tardó en llegar el cachorro de león, quien con los años aprendió las habilidades del ratón. Enseguida, apareció un cachorro que  caminaba como pato, y desde muy pequeño se sentía como pato en el agua, sabia que era un cachorro pero prefirió hacerse el pato, consentido por doña pantera,  lo cual le costó más de un rasguño agresivo del León, Un nuevo cachorro aparece en escena, si embargo, al nacer parecía hibernar como un oso pequeño, heredó la tranquilidad de su madre y lo errante de su padre, por el apego a la ubre de la pantera le decían el "titi". En poco tiempo, no más de dos años, nace la Yegua de la Campana, oji-verde, que debió nacer en cuna de oro. Acanelada, aunque ella se percibía de un color diferente algo así como de raza fina y de color dorado. bien ganado su nombre, mostraba su gusto por acarrear ovejas, lo cual sigue haciendo hasta la fecha.

El pato, una animal elegante, de finos y poéticos sonidos, fue seleccionado para desarrollar su habilidades de escapismo, la declamación y la adulación. Su entrenamiento consistió entre otras cosas en atarse y desatarse; desde luego con muchos ensayos y errores. Recuerdo esa tarde en la que, con mucho esmero realizaba su ejercitación, nudo a nudo, mientras  entrelazaba la cuerda de yute entre su cuello, sus brazos, sus tobillos, su torso, casi dos horas, hasta que al fin pudo concluir, Satisfecho, sonrió, levanto la mirada hacia sus sorprendidos observadores: la gallareta, el caballo y la yegua. De tanto esfuerzo, el pato suspiró complacido y reposó un momento. dejándose caer sobre la cuerda, que, lo sostenía desde los férreos barrotes  de  una ventana de madera, la ventana de esa extraña casa ubicada en un lugar mucho más extraño, un cementerio indígena prehispánico.  Ahí, el pato, sometido por sus ataduras, ya no pudo desatarse. Un intento, otro intento, hasta que, la desesperación empezó a asomarse en su ojos, en los que se notaba la incertidumbre, esa mirada de incomprensión por no entender qué había pasado. La saliva pasaba por su levantado gañote. La vanidad y la soberbia de su arrojo no le permitían pedir ayuda. Sus observadores disfrutaban el momento. 






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